Se hizo el silencio. Por un momento se interrumpió por un sonoro y sentido aplauso
Surgió de nuevo, cargado de emotividad.
Pasaban una tras otras las letras de los créditos, los agradecimientos, todos y cada uno de los miembros del reparto, hasta el técnico más insignificante.
Los asistentes parecían no querer que llegara el final.
Y llegó.
Ya no aparecían más letras. Los créditos habían terminado de salir.
Y la gente no se apresuró a abandonar la sala.
Un silencio reflexivo y sentido, emotivo se apoderó de la sala.
Después me enteré uno a uno a qué se debía.

Los asistentes comenzaron a abandonar la sala pausadamente, no sin antes regalar caras de satisfacción y sentirse algo más esperanzados en el futuro, como preguntándose, ¿realmente seremos capaces de hacerlo mejor esta vez?
El pasado miércoles 4 de mayo tuvimos la fortuna de asistir al pre-estreno en Tanerife para Educación de la película El Olivo de Icíar Bollaín con guion de Paul Laventry.
La sala se llenó para asistir a una película que cautivó a los presentes, miembros de tres generaciones que fueron juntos al cine.
El olivo es una película que te agarra y pasados unos minutos, ya no te suelta. Es un filme que permite distintas visiones y distintos públicos, ofreciéndote una historia dirigida a distintos públicos.
Como Mercedes, tuve la oportunidad de verla de nuevo. Eso me permitió fijarme en detalles que sabía que estaban, pero que de una pasada es difícil percibir en su totalidad.
El dúo Laventry- Icíar, deja a cada uno las interpretaciones, cada uno ve su propia película, y verá o no verá y profundizará o no lo hará en esos detalles. Pero todos se llevan algo dentro de ellos, que les inspirará en su día siguiente, en mantener la esperanza en que un futuro mejor es posible si no dejamos de soñar.
Pocas cosas eran causales en está película, que va más allá de la primera impresión, cargada de metáforas visuales que tratan de hacernos construir nuestra propia interpretación de lo sucedido en este país en los últimos veinte años.
Ya desde las primeras imágenes con una gran fotografía, me sentí pollo más en aquella granja.
La sala se llenó para asistir a una película que cautivó a los presentes, miembros de tres generaciones que fueron juntos al cine.
El olivo es una película que te agarra y pasados unos minutos, ya no te suelta. Es un filme que permite distintas visiones y distintos públicos, ofreciéndote una historia dirigida a distintos públicos.
Como Mercedes, tuve la oportunidad de verla de nuevo. Eso me permitió fijarme en detalles que sabía que estaban, pero que de una pasada es difícil percibir en su totalidad.
El dúo Laventry- Icíar, deja a cada uno las interpretaciones, cada uno ve su propia película, y verá o no verá y profundizará o no lo hará en esos detalles. Pero todos se llevan algo dentro de ellos, que les inspirará en su día siguiente, en mantener la esperanza en que un futuro mejor es posible si no dejamos de soñar.
Pocas cosas eran causales en está película, que va más allá de la primera impresión, cargada de metáforas visuales que tratan de hacernos construir nuestra propia interpretación de lo sucedido en este país en los últimos veinte años.
Ya desde las primeras imágenes con una gran fotografía, me sentí pollo más en aquella granja.
Una de las buenas cosas de esta película es que éstas solo son mis impresiones. Paul e Icíar dejan a cada uno sacar las suyas propias, desde el que se queda en el sentimiento superficial hasta el que sueña otras cosas. No mastican por nosotros unas imágenes nada casuales y muy simbólicas.
Anna Castillo, Javier Gutiérrez, Pep Ambrós, Manuel Cucala bordan unos personajes a los que dan credibilidad y nos ofrecen una película en la que podremos reír y llorar a ratos, con la que nos podemos sentir identificados y que nos ayuda a comprender desde la emotividad, lo que ha sucedido en la historia reciente de nuestro país.
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